12/06/2017

San Diego París y Londres

Por: Claire Asselot
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El otoño aún no se instalaba en su totalidad y era otro día de sol y tímido viento frío en el agitado Santiago. El día invitaba a dar un paseo por la capital y a tomar un café, así que con un día libre por delante decidí dirigir mi visita al barrio París-Londres, un oasis de calma a tan solo pasos de la bulliciosa y concurrida arteria de la Alameda.

Tomé la Línea 1 del Metro, me bajé en Universidad de Chile, y salí por Serrano -mientras lo hacía procuraba con atención no perderme dentro de la estación misma y sus múltiples salidas-, luego giré a la izquierda y bastaron unos pasos para toparme con la calle París, luego, encontrar la intersección con la calle Londres fue casi cosa de intuición.

Llegar ahí fue algo así como haberme ahorrado horas de vuelo y haber terminado en alguna capital europea. Los edificios de arquitectura antigua en tonos pasteles y sus balcones repletos con flores, la sensación de mis pisadas sobre el suelo de adoquines y los pequeños cafés y sus terrazas estaban lejos de parecerse a cualquier otro rincón del resto de Santiago. Entré a una cafetería que a esa hora de la mañana, alrededor de las 11:30 AM, parecía ser la más concurrida, y ya saben lo que dicen cuando visitas un lugar nuevo, “cuando no sepas donde ir, ve donde vayan todos”.

Su nombre era “L’Incontro” y apenas crucé la puerta una alegre voz me invitó a sentarme. -“Le ofrezco un cafesito dama?” me dijo el hombre con un acento que no tardé en distinguir. -“Sí, por favor. ¿Venezolano?” -“Sí, efectivamente”. Alejandro Piña había abierto hace tan sólo unos años la cafetería y me contó un poco sobre lo que más le gustaba del barrio mientras me atendía. Resaltó la magia y la calma que según él no se encontraba en ninguna otra zona de la capital. Tomé mi café mientras observé atentamente la variedad de clientes que tomaban asiento en el lugar. En proporciones, me atrevería a decir que la mitad de la clientela era de origen chileno, y la otra se dividía de forma muy equiparada entre argentinos, brasileros y un par de europeos, principalmente franceses, quienes muy probablemente vendrían en busca de un poco de sabor a patria en las calles de París-Londres.

Habiendo acabado mi café, pagué, me paré, y antes de irme, me despedí de los amigables meseros del local. Seguí caminando y dando vueltas por el barrio, vi por fuera la serie de sedes de los partidos políticos que se encuentran aglomerados en la zona, tal como la sede de Concertación de Partidos por la Democracia y Partido Socialista de Chile, el cual fue declarado Monumento Histórico de Chile. También pasé por fuera del conocido Cuartel Yucatán, lugar que fue un centro de tortura durante los años ’70 en la época de la dictadura en Chile y que se ubica en Londres 38.

Barrio San Diego

Para llegar al Barrio de San Diego la opción más fácil es tomar la Línea 1 del Metro, bajar en la estación Universidad de Chile y luego caminar. Ordené mi recorrido por los puntos de manera estratégica e hice mi primera parada en el Mall Chino, el cual está unas cuadras antes del epicentro de este barrio, reconocido por ser un lugar de encuentro principalmente para los fanáticos de los libros pero que también cuenta con nuevas atracciones y otras viejas que han ido recobrando vitalidad.

Fue así como tomé la salida Serrano del Metro, tomé la calle con el mismo nombre a la izquierda y me encontré rápidamente con la intersección de calle Padre Alonso de Ovalle. Seguí otra cuadra más hacia la mano derecha y en la esquina de Padre Alonso de Ovalle con Arturo Prat un gran edificio anunciaba “Variedad de cosas” y escribía sobre aquella frase “Mall Chino”. Entré y fue exactamente eso lo que encontré, una variedad innumerable de cosas. Para quien es fanático de los cachivaches y cree que nunca se tienen suficientes chucherías, éste es un gran lugar.

La parada es opcional, pero en vista de que me quedaba de pasada hice una visita express en la cual encontré locales que vendían desde accesorios para el celular hasta collares para perros de toda raza –o no, ¡amados sean los quiltros!-, joyerías finas y no tan finas y tantas cosas más. En fin, el lugar está muy bien para hacer lo que hice yo, una parada express, pero ojo, no se hagan altas expectativas tampoco. Luego de comprar un collar para mi perro por una suma más que módica, seguí bajando por Arturo Prat en dirección a Santa Isabel, mueblerías y una variedad de pequeños locales acompañaron mi camino hasta que llegué finalmente al medianamente nuevo espacio La Diana. El lugar que abre de Martes a Sábado en el horario de 13:00 a 12:30 es un restaurant, centro cultural y lugar de reunión para los amantes de los juegos Diana.

Luego salí del lugar y llegué a la calle Santa Isabel. Doblé a la derecha y me encontré con la calle San Diego. Empecé mi recorrido por los 38 locales -36 de libros y dos de discos- de atrás hacia adelante. Un amable caballero que hasta ese entonces era simplemente el dueño del local 37 estableció una amena conversación. Conversamos un poco sobre su oferta literaria y la historia que dio vida a este lugar preferido por los amantes de la lectura. Gerardo Rivera me explicó que los días sábados era el día en que más compradores y visitantes recibe el complejo de locales, y que la mayoría de ellos eran clientes frecuentes del lugar o bien turistas generalmente de origen brasilero, argentino y europeos, en su mayoría alemanes y franceses.

Mientras me adentraba en los pasillos cubiertos por libros, llamó mi atención un local de discos y vinilos. Alejandro Bianchi es dueño de uno de las dos disquerías en el conjunto de librerías de San Diego y orgulloso me mostró la reliquia más cara de todo el local, un vinilo que incluye éxitos de Led Zeppelin y Pink Floyd, pero no demoró en recalcar que tenía mercadería que partía desde los 2.000 pesos. En fin, variedad para todos los bolsillos había.

Así, con un libro y otro par de discos del reconocido relator de radioteatro de suspenso y terror Juan Marino en la mochila daba por terminado mi tour por el multifacético barrio de San Diego, un imperdible para los fanáticos de la literatura, el teatro y la comida.

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