07/08/2017

Los pétalos del Templo Bahá´í

Por: Marcia Arteaga
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¿Alguna vez has sentido la necesidad de reencontrarte contigo mismo? Justo hoy desperté así, queriendo pasar un tiempo a solas para tener la oportunidad de pensar, meditar y hacer planes a futuro.

No quería hacerlo en casa, encuentro que cuando uno quiere tomar decisiones importantes o proponerse metas debe hacerlo al aire libre, en contacto con la naturaleza y separada de la tecnología. Creo que así se aterrizan mejor los pies en la tierra.

Recientemente el Templo Bahá´í abrió sus puertas en Santiago, pero no había tenido la oportunidad de conocerlo, aunque constantemente esa estructura plateada en forma de flor que veía a lo lejos todos los días desde mi casa, cada vez me llamaba más la atención. Pues finalmente ¡hoy fue el día perfecto para hacerlo!

Si vas caminando, como fue mi caso, una ruta empinada separa la ciudad y el templo. De a pasos fui viendo cómo iba dejando atrás las preocupaciones del día a día para comenzar a conectarme conmigo misma. Mi respiración, aunque más agitada por el esfuerzo de subir, también se volvió más serena, definitivamente el aire puro le hace muy bien al cuerpo.

Al llegar me sorprendió la majestuosidad de la obra, porque a mi forma de ver, este templo es una verdadera obra de arte, y que esté pensada para albergar adeptos de diferentes religiones la convierte aún más en un sitio especial. Por fuera está hecho de vidrio fundido y por dentro de mármol, con unos toques traslúcidos que permiten que la luz natural entre y sea la característica principal del lugar.

Entre sus 30 metros de altura y sus nueve “pétalos”, es muy fácil perderse en paz y sentirte tranquilo contigo mismo. Dentro de la cúpula hay unos bancos en los que te puedes sentar a reflexionar, escuchar los cantos de la comunidad o simplemente quedarte en silencio.

En su jardín también hay nueve caminos y desde arriba puedes admirar Santiago a plenitud. ¡Qué lindo lugar para dejar volar mi imaginación y reorganizarme un poco! Esa vista tan irreal que te hace sentir pequeño, pero grandiosamente agradecido de estar viviendo al máximo el aquí y el ahora.

 

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