13/06/2017

La Ruta de los Palacios

Por: Claire Asselot
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Pequeñas gemas camufladas son los palacios que están repartidos a lo largo de todo Santiago y que aquella mañana me aprontaba a descubrir gracias al tour de Palacios a cargo de Brügmann restauradores. Desde hace casi 10 años, Fernando Imas Brügmann y Mario Rojas Torrejón trabajan en pos de la conservación y fomentación del patrimonio en Chile y buscan hacer visible la historia de Chile a través de su arquitectura.

Mi jornada como una turista en mi propia ciudad iniciaba bajándome del Metro La Moneda, lugar de reunión y punto de inicio del tour. Para mi llegada unas 25 personas ya se encontraban en el lugar puntualmente dispuestas a compartir el recorrido por la Ruta San Lázaro.

“Cuando nos hablan de palacios en Santiago nunca imaginamos que algo así pueda ser uno” acuñaba Mario mientras señalaba la construcción ubicada en Alameda 1426. Se trataba del Palacio Bustamante Irarrázaval y con el cual bautizábamos nuestro recorrido. La verdad es que no, no me hubiera imaginado que en mis recorridos por la Alameda obviaba diariamente la presencia de estas valiosas piezas arquitectónicas y parte de la historia de nuestra capital.

El recorrido seguía por Alameda mientras nos paramos frente al Palacio Campino Irarrázaval (ubicado en Alameda 1452) con data de 1912 y que se conserva aún en perfectas condiciones. Durante toda la visita al interior de la vivienda no dejaron de impactarme los lujosos detalles y las dimensiones exageradas del lugar. Una escalera nos dirigía hacia el segundo piso del palacio, el cual solía ser el habilitado para la residencia de las familias.

Mario nos explicaba que generalmente la planta baja servía de acceso para los automóviles y concentran los servicios, mientras que los segundos pisos y superiores eran los habitados por las familias, ello como muestra de superioridad de la familia por sobre los empleados de la casa.

Escaleras de mármol, lámparas de bronce y cristal y balcones con privilegiadas vistas eran la tónica del lugar. Aquí vale la pena detenerse en un dato curioso que señaló Mario justamente respecto de éstos últimos y que explica que sean sumamente estrechos: en aquella época los balcones solían construirse en espacios muy reducidos ya que así se impedía que las mujeres u hombres que se asomaban hacia la calle se apoyaran en las barandas del balcón y estuviesen obligados a conservar una postura derecha mientras lo hacían, como forma de demostrar majestuosidad y elegancia.

Dejamos nuestra primera visita y seguimos caminando por Alameda en dirección hacia la calle Dieciocho. Ahí nos detuvimos en nuestra segunda visita al Palacio Astoreca Sartori con data de 1910 y que hoy funciona como el Colegio de Contadores de Chile. Ubicado en Dieciocho 121 es una de las reliquias de la elegancia característica de la Bélle Époque santiaguina y que tiene como mayor atractivo una claraboya en su techo que deja entrar la luz a través de sus distintos colores.

La casa está rodeada de un parque y la tónica sigue siendo más o menos la misma que la del palacio anterior: techos de doble altura, chimeneas de mármol y un piso de parqué que aún se conserva debido a su excelente calidad.

Dejamos el lugar y seguimos. Nuestra tercera y última parada la hicimos en la que es actualmente sede de la UTEM numerada por el 161 de la calle Dieciocho. El mayor atractivo de éste lugar vendría siendo una capilla ubicada entremedio de lo que hoy son salas de clase pero que alguna vez dieron vida a un palacio de la época colonial chilena.

El recorrido siguió y a medida que la mañana avanzaba seguíamos impresionándonos con el sinfín de palacios que abundan en la capital y que había obviado en todas mis caminatas por el centro de Santiago.

Finalizando ya mi mañana y como manera de cerrar con listón de oro mi vuelta al pasado por la historia de Santiago, pasé por el mítico Café Torres (anteriormente conocido como el palacio Íñiguez) y lugar de reunión obligada para la élite chilena colonial.

Ahí, en uno de los lugares favoritos del ex presidente Arturo Alessandri Palma terminaba mi mañana, acompañada de una torta de tres leches y un chocolate caliente, ambas elecciones perfectas para aquella helada mañana de sábado. No tuve la suerte de conocer al mesero más antiguo del restaurant quien lleva más de 50 años trabajando en el lugar. Motivo para volver.

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