20/06/2017

Descubriendo Franklin

Por: Claire Asselot
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Los conocidos “persas” se han encargado de entregarle gran parte de su fama al Barrio Franklin. Estructurados en formas de galpones donde alguna vez Franklin era parte del Santiago dedicado a albergar parte considerable de las fábricas de nuestro gran Santiago, hoy en día estos cumplen una nueva función como uno de los epicentros comerciales más grandes de nuestra capital donde cada fin de semana se venden un sinfín de cosas: desde antigüedades hasta artefactos tecnológicos, muebles, ropa, calzado y tantas cosas más son algunas de las opciones. Literal, encuentras de todo.

Sin embargo y aquella mañana de día jueves me aprontaba a descubrir un poco más –más bien mucho más- que eso sobre Barrio Franklin. El recorrido empezaba en bicicleta a cargo de Puelmapu Turismo Sustentable. Rubén, el guía, había trazado a la perfección la ruta por las ciclovías que nos llevarían a nuestra serie de paradas secretas por la historia del barrio Franklin. Luego de un pedaleo y las explicaciones que permitían las luces rojas mientras nos trasladábamos de un lugar a otro, Rubén me explicó como a partir de la calle Matta, Santiago solía ser en su entonces una parte aislada de la capital, en la cual y como expliqué antes, se concentraba gran parte de la producción masiva, se encontraba por ejemplo, el primer matadero de Santiago y si bien hoy no sigue funcionando sigue intocable en su estructura, habiendo proliferado de forma natural un gran mercado a su lado.

Llegábamos a nuestra primera parada que Rubén había guardado hasta ahí como una sorpresa. Se trataba de la población Huemul, punto de gran riqueza histórica así como también parte de Barrio Franklin. Me comentaba que ella había sido la primera población construida la zona en lo que hasta aquél entonces, eran partes prácticamente deshabitadas de nuestra capital, todo como una manera de dignificar a la fuerza trabajadora en la época. Alrededor se instalaron la “Gota de Leche” lugar que sirvió como sala de maternidad para las madres y cuidado de los niños del lugar, su respectiva Iglesia, así como también un teatro y otras construcciones y que aún se conservan en perfecto estado, como parte de la historia viva de nuestra ciudad.

Seguíamos el trayecto ésta vez hacia la parte más medular del barrio y llegábamos al mercado frente al ex matadero de Franklin. Aquí pude sentir un poco más la esencia por la cual ya conocía el lugar, comerciantes moviéndose por todos lados y mucha pero mucha actividad. Rubén, por su parte, saludaba a todos.

Me contaba que aquí podía seguir comiéndose la legendaria sopa de pata, antigua preparación aún consumida por los locatarios incluso durante las mañanas para reponer energías. Pasado ello, proseguimos a mostrarme una colorida porción de las calles, en la cual los murales dan vida esta parte de la capital.

Distintos colectivos y artistas independientes se han abocado esta tarea y han dado vida a través del arte. Murales que hablan de historia y de lo más esencial de nuestra patria. El mural más representativo es quizás el de nombre “Mi barrio, mi familia” a cargo de la Brigada Ramona Parra y que recibió este nombre por un motivo muy especial: se dice que aquella frase fue acuñada por una de las residentes más antiguas de Barrio Franklin y que con los años el tiempo fue llevándose a sus más queridos, quedando solo ella en su casa. Su barrio se convirtió entonces en su familia.

Como broche de oro, Rubén me dijo que haríamos una visita a un último lugar. Como si nos hubiesen estado esperando, para nuestra llegada las puertas ya se encontraban abiertas. Marco salía a nuestro encuentro. “Pasen, están en su casa”. Dejamos nuestras fieles compañeras de dos ruedas en la entrada de la residencia y comprendí rápidamente que se trataba de la casa de un artista.

Piezas de arte estaban distribuidas por todo el lugar y la casa entera en sí era un taller. Tomamos un vaso de jugo mientras observábamos atentamente a Marco que nos enseñaba la técnica de la xilografía. Con preciosas piezas que demostraban su gran talento, nos hacía la invitación no tan solo a nosotros pero sino que a todos. “Mis puertas están abiertas para todos quienes quieran aprender”. Mi paso por un Barrio Franklin que pocos conocen y que solo un oriundo de la zona podría haberme mostrado con tanta dedicación y detalle terminaba con una hermosa pieza de arte bajo el brazo que Marco nos regaló a ambos amablemente antes de que partiéramos.

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